Por Jorge Montenegro

“Esos fanáticos parecen un saco de sal”. Una de las frases más miserables que he leído sobre el fanático de los Tigres. Respetable como cualquier opinión, pero tengo el derecho de no estar de acuerdo y la posibilidad de responderla.

El fanático de los Tigres es una rareza dentro del deporte nacional. Es extraño ver algún hecho de violencia dentro del José Pérez Colmenares y solo se ha confiscado un juego en casi 60 años. Ir al estadio de Maracay siempre es una experiencia agradable.

El fanático de los Tigres es agradecido. Jamás se ha escuchado una palabra en contra de Enrique Brito, o Ilich Salazar, o el difunto Luis Márquez. Creo que ni siquiera contra de “Poggioli el breve”.

Incluso cuando se toca a las Juntas Directivas, el fanático suele ser precavido. Agradece con el corazón a Rafael Rodríguez Rendón por los títulos obtenidos, e igualmente aplaudió a Homero Díaz Osuna en su regreso, durante el 50 aniversario del equipo, como buen hijo que honra a su padre.

Pero el fanático de los Tigres cambió. Y lo hizo en dos direcciones: El mayor, el que se caló la sequía de 28 años, aprendió como Rocky, en su entrenamiento ante Apolo Creed, a ganar después de viejo. Y el joven nació ganando, es básicamente un madridista. Ninguno puede estar conforme con 6 años consecutivos fuera de una final. Y menos con 3 años de récords negativos.

El fanático hoy se queja frecuentemente de los manager, porque por aquí pasó el mejor de todos los tiempos. Una mala decisión en la gerencia del bullpen y la tribuna lo capta de inmediato. Dicen que las sanciones OFAC no permiten contratar a un buen manager, pero eso no es culpa nuestra.

También se queja de la gerencia. Sí, los juegos los ganan los peloteros. Hoy por una gran actuación de Guillermo Moscoso, mañana por un hit de oro de Carlos Tocci ¿Y pasado mañana? ¿Consiguieron visa o conexiones aéreas a ese pelotero que nos permitirá sumar la próxima victoria?

Ni hablar de la inestabilidad dentro del dugout. Las grandes dinastías tienen una columna vertebral. Esto no se ha respetado durante los últimos 8 años. Tal vez, como dice Alex Núñez, por la soberbia del título de la 2016. La gerencia que ya no gana nada, siempre tiene la razón.

Y el silencio. Sí, es una respuesta, pero de quien no tiene cómo defenderse. Supongamos que, al finalizar el encuentro del miércoles, Clemente Álvarez hubiera dado una rueda de prensa para exponer su argumento del por qué sacar a Jiménez y traer a Guillón, en lugar de buscar otra fórmula para enfrentar esa entrada. Al menos estaríamos debatiendo sobre su punto de vista.

Y por supuesto, el desastre abarca el resto de las áreas del equipo. Sé que hay algunas personas dentro de la organización hacen su mejor esfuerzo y se sienten frustrados ante tanto reclamo, pero Tigres de Aragua fue, hasta hace 8 años, la mejor organización deportiva del país. Más allá de la realidad política y económica de Venezuela ¿Cómo no quejarse ante semejante deterioro?

La LVBP necesita iniciar un proceso de renovación total del negocio, y pareciera que nadie dentro de la organización Tigres de Aragua está preparado para asumir cambios de paradigma. O peor, ni siquiera entienden que son necesarios.

En la serie “The Crown” de Netflix, hay una escena en la cual la Reina Isabel afirma que si algún piso del palacio está sucio es por su culpa, porque es ella quien contrata a su personal. Mientras la gerencia de Tigres no aplique esta filosofía, y asumas sus errores, jamás volveremos a ganar.

Tigres no está eliminado, pero la molestia claramente trasciende el terreno de juego. Solo que el fallo deportivo hace más visible el viacrucis que hemos vivido estos 8 años. Así que el reclamo del fanático es más que justificado.

El fanático tigrero es autocrítico. Como buen católico, ve la paja del ojo propio antes que en el ajeno. Echarle la culpa a los demás puede servir en política, pero en la LVBP hay otras 7 franquicias que también quieren ganar. Y la única manera de hacerlo, es siendo los mejores.

Así que, por el amor de Dios, busquen personas capaces y dejen la piratería. La opinión no es delito, la opinión se respeta.

Foto: Cortesía.

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