El tigre tiene presión, pero miedo jamás

Jesús Linares @pelotabrava

Ser un pelotero de grandes ligas es una meta bastante difícil para el universo de practicantes de béisbol en el mundo. El sueño de millones de niños en los países donde se practica esta disciplina es llegar algún día a convertirse en bigleaguer, se trata de una meta a la que apenas unos pocos podrán tener el privilegio de cumplir, “tomarse el café” es apenas el primer paso de un largo camino que antes y después requiere atravesar y sortear demasiadas dificultades.

El béisbol es un deporte de equipo con logros individuales. El talento normalmente viene asociado con grandes bonos al momento de firmar un contrato con los equipos de Major League Baseball. Hay un viejo refrán “el bono no hace al pelotero” es simple la premisa: la mayoría de los grandes prospectos reciben normalmente bonos de seis cifras, pero los que no prometen tanto, apenas son firmados por unos pocos miles de dólares.

El caso de Miguel Cabrera no va más allá de esta premisa. El bono no lo hizo, él hizo el bono de más de un millón de dólares que pusieron los entonces Marlins de Florida cuando Miguel Cabrera no existía, apenas era un muchacho de 16 años que estaba en todos los reportes de los equipos de grandes ligas.

José Miguel Cabrera Torres era su nombre completo, años más tarde, sonaría simplemente como Miguel Cabrera. Ese muchacho de La Pedrera, una barriada de Maracay que se divertía jugando en el shortstop y dando buenos batazos. Esa firma millonaria y record en su momento dejó boquiabierto al scout Miguel Ángel García quien lo convenció de firmar con los peces floridanos.

Los años pasaron para Miguel y se convirtió en lo que vemos hoy. Un pelotero considerado superestrella. Para tener tal catálogo en las mayores no solo se necesita ser productivo, tener un gran contrato, liderar varios departamentos por años, pero sobre todo cargar a tu equipo y no asustarte. No cualquiera puede con tanto; a veces no aguantamos presión con situaciones de la vida, imaginen un atleta que tiene que batear delante de 30 mil o 40 mil aficionados cada noche, y la prensa atacando o aplaudiendo, al acecho de tus actuaciones dentro y fuera del terreno.

La vida le pasó factura en los momentos difíciles, cuando se descarriló y el licor fue su refugio, las cosas se salieron de control. Cabrera encontró la manera de dejar eso a un lado, fue arrestado en Port St Lucie durante una pretemporada, debió “embraguetarse” los pantalones y superar cuanta situación negativa se le presentase. Quizá fue el peor slump de si vida. Incidentes los tuvo. ¿Y quién no? pero Miguel como toda superestrella de verdad, siguió adelante y hoy está a las puertas de algo muy grande.

499 o 500 jonrones evidentemente no es lo mismo, apenas uno necesita para unirse al selecto club, pero y el club de los 499 es malo? Ya la carrera de Miguel Cabrera es de Hall Of Fame, cerquita de los 3000 hits y todas las demás hazañas numéricas que a diario copan los periodistas en las redes sociales parecen ser los únicos datos de interés que publicar sobre Cabrera. Los aamantes de los numeritos siempre conseguirán buenos números para cualquier jugador de béisbol. Estadísticas bateando de día, de noche, vs zurdos, vs derechos, en invierno, en verano, con lentes, sin lentes, etc; se ha convertido en un verdadero valor agregado, pero ¿qué tan serio y rellevante resultan tantas estadísticas?

Por supuesto que no cualquiera da 500 batazos de vuelta entera, pero no cualquiera da 499, el punto es que los logros de Miguel están ahí. Liderando equipos y guiando a ganar juegos, ciertamente hoy no es el bateador de otrora, ya el swing ante esas rectas de casi 100 mph que vio hace años ha mermado en velocidad y efectividad, pero la capacidad de ajuste es lo que necesita para terminar de triunfar, es un precepto de la vida, con los años te vuelves más viejo, pero vas aprendiendo a vivir y a disfrutar el viaje.

Una vez que disparó el jonrón 499 de su carrera la presión llegó. Su manager A.J. Hinch es un campeón, le dio descanso. Lo alterna entre DH y 1B. Miguel está ansioso, es normal para un ser humano en situaciones intensas, pero es un cazador, el picheo adecuado llegará y la bola se irá del parque. La ansiedad de Miguel es menor que la de miles de aficionados, curiosamente esos mismos fans que hace par de meses le pedían a Cabrera que se retirara. Dejen quieto a El Tigre.

Foto: Cortesía

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